viernes, 4 de julio de 2014

El fuego siempre quema.

Perderse.

Dicen que a veces para encontrarse uno mismo hay que perderse.

Ella lo hizo. Al abismo de su mente se asomó y tan sólo vio fuego en su interior, aquel fuego que al final de la caída libre abrasaría y quemaría su coherencia.
Miró hacia atrás, pensamientos suicidas iban a por ella como si de locos y hambrientos lobos se trataran.
Entonces un miedo afloró en su estómago, ¿qué debía hacer? Adentrarse en sí misma sería como una explosión que la aniquilaría al momento.
Desojar pensamientos que un día tuvo entre las manos y el corazón y que almacenó al fondo, 'pensamientos perdidos'.
Enfrentarse a los recuerdos que nunca superó, a las lágrimas que lloró pero que aún escuecen en las mejillas al recordarlas... Todos esos preciosos momentos que, en conjunto, la aplastarían haciendo un homicidio con complejo de suicidio.
Debería echar a correr, enfrentarse a esos locos pensamientos y tirarlos al vacío ardiente, donde todo se mezclaba y hacía el conjunto de ella, con su resplandor cuando sonreía bajo esa mirada triste que escondía miles de cicatrices... Ella que tan risueña regalaba su amor a todo ser que le donara eso que se da y nunca vuelve, ni se recupera, el preciado tiempo.

Quizá solo debía correr.
Quizá solo debía saltar.

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