martes, 1 de julio de 2014

Tic tac.

Mientras la incertidumbre que invade mi cabeza contrae las paredes, el día y la noche pasan mecánicamente, cuando no pongo empeño en vivir lo que viví, en sentir lo que sentí, porque siento que es imposible pulir estos diamantes internos que me hagan feliz.
Tan solo pasa el tiempo y yo tengo menos para decidir si seguir atando a mi corazón o matar a mi mente.
Como la piedra que tiras al agua y deja ondas, la existencia de recuerdos se espande sobre el corazón intentando decirme que todo duele, que todo queda en la mente, que cada paso es duro pero necesario.
Yo no estoy hecha para vivir.
Yo no estoy hecha para abandonar.
Ni para olvidar.

Miro el reloj y me veo reflejada en cada aguja que se mueve solo para cumplir su misión, sin entusiasmo, sin destino, tan solo girar sobre si misma, guiada por unos mecanismos, y con el anelo de que en algún momento pueda rozar a alguien como ella que le de un poco de compasión, que le haga sentir que sirve para algo y que sigue viva. Y justamente en ese momento que se juntan y que todo parece maravilloso, se apagan las luces, se cierra el telón y vuelta a empezar porque la obra terminó y quedó igual que siempre; marcando la vida de alguien cuando la mire, haciendo un trabajo que ni ella misma cree que sea útil.
De que sirve marcar el tiempo si es relativamente pasajero a la actitud que uno tenga.

"Cuanto mejor te lo pasas, más rápido pasa el tiempo"

Y entonces, entendí por qué me quedé inmóvil mirando el reloj a las cinco de la mañana, sola y girando sobre mi.

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